
Recordar es un duro ejercicio emocional, y lo es aún más si ponemos el punto de mira sobre las malas huellas que hemos dejado sobre nuestra biografía. No es fácil volver a pisar sobre lo momentos dolorosos o sobre esa falsa alegría que dejan los años previos a la madurez, sin embargo hay novelistas valientes y pragmáticas como Anna Pazos (Barcelona, 1991) que se atreven a bailar con las sombras, a dialogar con los abismos propios y ajenos hasta conseguir hechizar al lector desde la primera página de este diario divinamente novelado que es Matar el nervio. En este libro hay monstruos y zonas en que la fragilidad se adueña de su narradora como se adueña un águila real de un roedor que ha salido antes de tiempo de la madriguera. Pero es también un libro soberbio con una ordenación narrativa y estética deslumbrante. Pazos cuenta lo accesible y lo que no lo es, se mimetiza con la intemperie de una manera majestuosa, su cuerpo y su memoria están al alcance de cualquier emoción, de cualquier abismo, de cualquier victoria. Pazos no quiere callar y en su periplo viajero y vital expone las partituras de un cántico que actualiza el conjunto normativo de toda una generación. Es incisiva y a ratos salvaje, sobre todo en las últimas páginas del libro en el que cuenta de manera sustanciosa la agonía de un oficio tan atractivo y atrayente para el común de los mortales como es el periodismo. Pazos desmitifica todas las caras del mundo, de la política, del amor y sobre todo de la vida, y lo hace con una prosa cuidada al milímetro. La consistencia de su narración adensa el interés del lector a medida que avanza en la lectura, porque Matar el nervio es una poderosa persecución de lo excepcional, de aquello que la memoria se empeña en extorsionar para que no encuentre su camino. Matar el nervio es un bellísimo ejercicio de sinceridad muy alejado del efectista sincericidio.
Atenta a todo lo que va erosionando la progresión natural del progreso, Anna Pazos mece alguno de los momentos históricos acaecidos como si no fuesen o no hubiesen sido piedra de toque del derrumbe del planeta desde lo ambiental a lo humano. Habla del conflicto de Gaza, del Mee too, del desamparo de los inmigrantes, del abuso. Y habla con una lucidez que llena de valor este libro escrito desde una venturosa individualidad que nos arropa.
También cuenta Pazos como la juventud se anticipa a todo, incluso al propio destino a través de un texto eficaz por la falta de romanticismo que hay en los recuerdos que expone la narradora.
Pazos ha vivido, y tiene heridas, pero sus heridas son como soldados que han superado el trance de habitar sobre la tierra helada de una trinchera:
“La causa fundamental de haber volado a Tel Aviv aquella primavera … era huir de un desajuste amoroso que había convertido Barcelona en una jaula intolerable.
El primer impacto fue darme cuenta de que Israel era un país de verdad. Tenía aeropuertos, autopistas y una publicidad estridente que gritaba en lengua propia. De manera inconsciente había esperado un desierto, cuatro chabolas a medio construir, quizás un checkpoint miliar con alguna cabra pastando por allá. Sobe aquel desierto se amontonaron, en un desorden violento que me alteraba los nervios, todas las impresiones de aquellos primeros días”
Nada hiere más que el frío que no podemos controlar y en este libro Pazos lo pulveriza a base de inteligencia y frases filosas, de sentencias que desmitifican y que son dueñas de un cinismo que busca el Apocalipsis del soñador intervencionismo del pasado.
Pazos tiene la valentía de llenarse la boca con lo incómodo y que su relato no quede desfigurado y estereotipado por esa peligrosa ocupación:
“La ciudad de Jacob… Era una ciudad donde, al mismo tiempo, un chico bajaba descalzo por la calle Jaffa con la idea de inventar una criptomoneda local, una doctoranda alemana se apuntaba a un curso de yoga dirigido por un gurú indio, un soldado con un fusil al hombro tomaba la primera cerveza del permiso en el shuck, y un turista polaco sollozaba sobre la piedra donde María Magdalena le limpió los pies a Cristo”
Pazos nos entrega una narración chispeante y vivísima que seduce al lector con su desinhibición y con la briosa estética que incluye y que hace de este libro una estudiada carrera de fondo en la que para fortuna del lector la memoria de la autora no tiene ansias plusmarquistas. Todo tiene la velocidad exacta en este libro:
“Jacob me llevó a ver la procesión cristiana de Semana Santa, con un cristo empapado en sangre artificial arrastrando la cruz por la Vía Dolorosa. Pero no me acompañó ni me acompañaría nunca a los territorios ocupados. Jacob desconocía y temía a la otra ciudad, y cuando aquella primera semana le dije que quería visitarla me mirón con preocupación severa, como se mira a un demente”
Un libro que nos regala la denostada belleza que a veces nos regala la culpa por los pecados cometidos por otros:
“Nunca fui capaz de escribir sobre Palestina. Turisteaba por los territorios con un vago sentimiento de indignación y culpa, visitando las paradas prescritas; el mercado de Hebrón, los campos de refugiados de Nablus, el pesebre de Belén el día de Navidad. Hablaba con los portavoces habituales y hacía las fotos obligadas de soldados en checkpoint y preadolescentes tirando piedras”
Y un libro que no aligera los errores de su narradora sino que los alienta a aparecer como si al hacer estas confesiones la libertad estuviera esperándola para llevarla de la mano al tiempo de la redención:
“Guillermo me dejó claro que a él los refugiados le importaban una mierda”
Matar el nervio es el resultado de una memorias sin exenciones, a palo seco, sabiendo para lo que sirve el paso del tiempo.
Matar el nervio es un texto ágil, sin imposturas, sin la nocivas imposiciones del yo, que se abraza continuamente y con fervor al sustancioso territorio de la falibilidad:
“Tengo diecisiete años, hace cuatro días me dejó mi novio de hace tres meses y experimento el abismo totalitario de los primeros desengaños.
La disposición de la rave es la habitual: un pared de altavoces de la que reverbera un tecno agresivo, ante la que se sacude un grupo de personas en trance, como simios adorando un tótem de la galaxias.
¿Quién es toda esa gente? Un fallo de la socialdemocracia”
Pazos no es partidaria de la mitificación propia ni de la mitificación ajena. Con Matar el nervio ha venido a libar el veneno que atenaza la promoción de cualquier tiempo verbal si nos dejamos llevar por el ritmo vacilante e hipnótico del que camina hacia la muerte.
Por eso, y por muchas otras cosas que habrán de descubrir adentrándose en la carne de esta honestísima historia, les emplazo a leer este libro. Lean Matar el nervio porque jamás el pasado soñó con ser resumido en un epitafio tan inteligente y desprejuiciado y porque pocas veces el aliento de una narración a priori despiadada con quien la narra ofrece tanta serenidad a quien la recibe.